jueves, 29 de septiembre de 2016

Porque tenemos alas

Una vez más lo he olvidado. La cabeza vuelve a hacer de las suyas y se empeña en ir demasiado deprisa. La mía, la tuya... seguramente todas las cabezas saben hacerlo: aumentar las revoluciones. De cero a mil.  Me detengo y, por un instante, recuerdo que tengo alas. Y eso es una suerte. 

A los cincuenta me nacieron alas.
Dejaron de pesarme los senos
y los pensamientos que cargaba desde niña.
A las alas les enseñé a volar
desde mi mente que había volado siempre,
y comprobé desde el aire
que mientras yo anduve dormida tantos años
alguien trabajaba afanosamente
recogiendo plumas para hacer esas alas.
Tuve suerte de que cuando estuvieron hechas
me encontraron despierta en el reparto.

El poema pertenece a Begoña Abad, quien reside en Logroño y a la que llegué a través de Pitxu. Sus delicados poemarios fueron algunos de los maravillosos hallazgos en su Objetería los Días Felices, en Pamplona.
Los libritos de Abad tienen el tamaño justo. Y no me refiero solo a las dimensiones físicas, también al contenido preciso para llegar hasta dónde es necesario. Son títulos como Cómo aprender a volar, La medida de mi madre, Estoy poeta y, al menos en mí, tienen un efecto reparador, balsámico.  
Leyendo sus versos, esta vez consigo parar por difícil que resulte y recuerdo mis alas. Repaso mentalmente aquello que alcancé gracias a ellas y cuáles quiero que sean mis próximos vuelos. Recupero la confianza y vuelvo a creer en que no hay imposibles. 
Después, repaso lenta y vívidamente la deliciosa paella de mi madre, que también funciona. Y la cabeza aminora la marcha. 

Keep walking!

lunes, 26 de septiembre de 2016

Mi primer festival

Nunca fui a un festival de música hasta el pasado sábado. Bueno, una noche, durante uno de aquellos veranos en los que hice un curso en la Universidad de Jaca y mis padres creyeron que era tan aplicada que hasta en vacaciones quería estudiar, encontré el modo de llegar a Sallent de Gallego, hasta el Pirineos Sur. Allí, asistí a un conciertAZO de unos músicos franco-argelinos. Pero fue ida y vuelta, no viví aquel festival así como mi hermano mayor hizo en más de una ocasión. 

Cuando estudié Filología Inglesa -apenas un curso escolar-, mis amigos contaban los días para el Festimad. Después, se cruzaron en mi vida multitud de personas que eran fieles a la cita en Aranda de Duero y en Benicassim. Incluso algunos se dejaban caer por los Monegros. Yo nunca acepté la invitación a sumarme a una de aquellas fiestas. Será porque las aglomeraciones me gustan lo justo y un poco menos. 

El sábado viví mi primer festival. Resultó por puro azar y esos casi siempre son los mejores planes. Cuando la desesperación ante tanta lluvia nos llevaba de vuelta a casa, cruzamos un lugar llamado Moniaive

En su día, The Times lo consideró uno de los pueblos más bonitos de Reino Unido y tiene mucho encanto, pero sobre todo cuenta con unos habitantes entusiastas y dinámicos que promueven diferentes citas culturales. Desde el Festival de Folk, cada mes de mayo, al Michaelmas Bluegrass Festival, en septiembre.

Cuando atravesábamos la calle principal, descubrimos un cartel y, no lejos, vimos una explanada con multitud de tiendas de campaña, caravanas y furgonetas. Y claro está, nos detuvimos y nos instalamos aunque en un parking con menos barro y unos vecinos realmente simpáticos. En ese preciso instante supimos que no todo estaba perdido pese a la lluvia. 

En España no lo sé, pero en Reino Unido el complemento imprescindible para cualquier festival son las botas de agua. Sí, hace años Kate Moss puso de moda las Hunter en el de Glastonbury; ella sabía lo que hacía y los asistentes al Bluegrass festival, también. Nosotros, por tanto, nos llenamos de barro y nos mojamos de los pies a la cabeza, pero no importó. La cerveza, la pizza y la música fueron la mejor recompensa. 



El bluegrass es la música que los inmigrantes ingleses, irlandeses y escoceses llevaron a Estados Unidos. Los instrumentos habituales son la guitarra, el banjo, la mandolina, el violín y el bajo. Interpretando sus añoradas canciones, aquellos hombres y aquellas mujeres mitigaban la morriña y hacían frente a esos sentimientos tan encontrados que suelen darse lejos de casa.




En Moniaive, hay dos bares y un salón cultural. Las entradas para el concierto en este último espacio estaban agotadas, pero en los pubs había sitio para todo el mundo y gratuitamente. Y así, asistimos a geniales jam session de músicos que se acercaban con su instrumento y sumaban buen ritmo. Cuando uno empezaba, todos sabían cómo seguirle. 

Y éste, claro, no fue un festival de modernos, lo era más bien de gente entrada en años, pero de espíritu joven, y algún que otro niño que se sumó con su guitarra. Ah, y varios perros. 




Sin multitudes, fui absolutamente feliz. Mucho más, al tener la oportunidad de escuchar por segunda vez a Greg Lawson y Pete Garnett. Su arte poco tiene que ver con el bluegrass, como admitieron antes de empezar, pero la lluvia hizo que alguien fallara y, solidarios, decidieron subirse al escenario. 

La semana anterior les conocimos en otro festival, en el Mellow Fruitfulness, éste en torno al otoño, los regalos de la naturaleza y, por qué no, la muerte. Compartimos una agradable cena y breve sobremesa antes de descubrir su forma de entender la música.





Greg toca el violín y la mandolina; Pete, el acordeón. Su discurso sobre la universalidad de la música y cómo el hombre, siempre, hoy como ayer, ha ido de un lugar a otro acompañado por su voz e instrumentos resulta bellísimo. Como emocionante es su manera de interpretar canciones de lugares como los Balcanes. 

Sin duda, hoy por hoy, la música que une a los hombres, que recuerda de dónde venimos y que los sentimientos, preocupaciones y anhelos suelen ser los mismos, sea cual sea nuestro color y origen, es más necesaria que nunca.

Como muestra, decir que nosotros nos encontramos con dos gallegas. 

martes, 20 de septiembre de 2016

Dos sopas deliciosas. Sin que sirva de precedente

Quienes seguís este blog, y algunos lo hacéis desde hace mucho tiempo, os habréis percatado de que la continuidad no es lo mío. Me alejo y vuelvo a este espacio sin ninguna previsión. Así que no os sorprenderá que en apenas dos semanas, haya escrito hasta tres entradas. Algo inaudito en mí, lo sé, pero la apacible -y a ratos ociosa- vida en Escocia inspira mi faceta blogger. 

No solo eso sino que hoy, como diría coloquialmente, 'me he venido arriba', y voy a hacer algo insólito. Voy a publicar dos recetas de cocina. Sin que sirva de precedente. Así que hoy dedico la entrada a mi suegro, Miguel, que contándole hace unos días lo divertido que resulta ir al supermercado aquí y lo grande e inspiradora que es nuestra nueva cocina, me sugirió la idea de convertir cardamomoyclavo en un recetario. Tranquilos, no va a suceder. 

No publico recetas porque la anárquica e indómita cocinera que habita en mí no es una buena maestra en lo que a cantidades se refiere. Soy experta, eso sí, en la cocina de sobras y elaborada a ojo. Lo último lo he heredado, sin duda, de mi madre. ¡Ella sí que cocina bien a pesar de no controlar ni media cantidad! 

Tampoco publico recetas porque no tengo vajillas preciosas ni utensilios de revista para fotografiar. No cuento con ese don para captar con una cámara la belleza de unos tomates o de unos ajos. A cambio, yo disfruto revisando mil cuentas de Instagram sobre cocina, pero apenas publico unas fotos. Eso lo hacen muy bien profesionales como Marta Muñoz Calero o Chloé Sucrée. 

Dicho esto, me pongo manos a la masa porque hoy quiero compartir dos recetas que demuestran que se pueden improvisar platos buenísimos sin apenas recursos. Están pensadas para dos personas, pero con la posibilidad de repetir o guardar para otro día. 

Sopa de salmón a la finlandesa
Aceite de oliva virgen extra 
1 puerro pequeño
1 zanahoria pequeña
Un poco de hinojo fresco 
4 patatas muy pequeñas
1 lomo de salmón de unos 150 gramos 
(en función de si se quiere más o menos)
500 ml de agua (a ojo...) 
150 ml de nata líquida para cocinar 
(no para montar y mejor si es ligera) 
Eneldo fresco o seco al gusto
Sal y pimienta al gusto

Esta sopa la probé por primera vez en el aeropuerto de Helsinki. Y Anabel Vázquez, sopera confesa, nos contó que la receta es muy fácil. Ya de vuelta y, a pesar de ser pleno verano, me propuse cocinarla. Desde entonces, lo hago casi cada semana. 

En una cazuela, calentamos el aceite y freímos lentamente el puerro, que previamente hemos cortado en rodajas finas. 

Añadimos, la zanahoria también cortada finamente así como el hinojo. Poco después, las patatas peladas y cortadas en pequeños trozos. Unos minutos después, añadimos el salmón, que hemos cortado en cuadraditos. 

En la zona de Dumfriesshire, por ejemplo en el río Nith, pescan salmón y que, por lo tanto, nosotros estamos disfrutando de un pescado realmente rico. Aquí, como en España, es un básico en nuestro congelador. Otra receta muy fácil de prepararlo es marinado en zumo de naranja y jengibre, y cocinado en el microondas. 

Dejamos apenas dos minutos las verduras y el salmón a fuego siempre bajo. Y añadimos el agua, la sal, la pimienta y el eneldo. Todo ello deberá cocer lentamente durante unos 10 minutos. Y aunque en algunas recetas se recomienda sacar el salmón, yo no lo hago y siempre se ha quedado muy jugoso. Supongo que interviene la calidad del pescado. 

Apagamos el fuego y, poco después, añadimos la nata líquida y servimos. 

Sopa de cebolla según Doña Rosa
6 cebollas pequeñas
3 ajos
2 hojas de laurel
Pimienta y sal al gusto
Nuez moscada o, en este caso, romero
1 litro de caldo de carne o el de dos cubitos 
4 cucharas de harina
Un trocito de queso curado (siento no saber los gramos)
Aceite de oliva virgen extra

Mi madre no tiene móvil ni consulta internet así que, por suerte, no leerá este post. Porque si lo hiciera, me diría que vaya forma de cocinar. 

Picamos las cebollas y, en una cazuela con aceite caliente, las freímos a fuego lento. Cuando creamos que están hechas, es decir, transparentes, añadimos los ajos machacados (yo lo he hecho como he podido con un tenedor), la pimienta, el romero y las dos hojas de laurel. 

En una sartén caliente, tostamos la harina. Debemos prestar atención para que no se queme porque el sabor se echaría a perder. Añadimos con un colador la harina, de forma que no caigan grumos y se incorpora lentamente el caldo frío. 

Dejamos cocer lentamente durante unos 15' (a ojo), añadimos el queso rallado y lista para servir. 

Como dije, por un cuestión de economía familiar y poca previsión, suelo idear platos sencillos a partir de sobras. Además, casi nunca tengo los ingredientes para elaborar fondos. Soy más de cubito de caldo. Lo sé, es imperdonable, pero estamos ante otro básico en mi cocina. Los compro ecológicos para aliviar el cargo de conciencia. 

Me resisto a comprar los de carne porque yo apenas como, pero esta semana compré de pollo. Sí, yo que no como aves desde hace muchos años... Así que la primera gran diferencia con la receta de mi madre es que ella parte de un exquisito y sabroso caldo de carne. Espero que podáis entenderme. 

Ahora bien, sí he seguido al pie de la letra su mayor secreto para esta sopa que levanta muertos. He añadido queso de mi pueblo, concretamente, curado. Del que elaboran Ernesto y María Ángeles en su quesería, Galindo Andrés, a partir de la leche de sus propias ovejas. 

En Madrid y en Pamplona teníamos una cocina pequeña, pero los utensilios necesarios. En Dumfries, en la cocina incluso hay mesa y sillas, y dos grandes ventanales, pero apenas tengo una cuchara de madera. Así que la harina la he tamizado con un pequeño colador y el queso no lo he podido rayar. Lo he hecho en la picadora. ¡No gritéis los que sabéis de cocina!

Tampoco tengo nuez moscada así que me he atrevido a añadir una pizca de romero seco.

Insisto en que las cantidades son a ojo de mal cubero. Pero aún así, prometo que el resultado es sabroso. También he de decir que me gusta elaborar las sopas unas horas antes de tomarlas. ¡Saben más ricas!

Por cierto, en cuanto descubra dónde comprar tomates buenos, me atrevo con la espectacular receta de sopa de tomate que elabora mi madre. Y aunque no tengo fotos bonitas de ambos platos, bien podría ilustrarlo con un auto-retrato en la escalera, único lugar de la casa al que llega el wifi del edificio de al lado...